Hacía calor en Buenos Aires. La brisa esperada no llegaba a través de la ventana --apenas entreabierta-- que daba a la calle de la Reconquista. Gertrudis se acercó a la ventana, le pareció escuchar ruidos de golpes que llegaban desde lejos: golpes de maza contra la madera. Se detuvo y escuchó. "No puede ser", pensó. La casa estaba demasiado lejos de la plaza donde se estaba levantando un patíbulo con siete horcas.
--¡Sólo siete! --dijo con los dientes apretados.
--¿Dios, dónde está la justicia? --Levantó la cabeza con gesto de interrogación y encontró oscuridad. Debió decir más, pero ¿cómo desnudar la vergüenza ante extraños? En busca de la pluma abrió la gaveta del papelero. Vio la pistola de Esteban José; el arma la atrajo y la acarició con la punta de los dedos. En ese instante sólo estaban ella y esa pistola negra, negra como el fin de todo. El quejido de un bebé dormido --su hijo-- rompió la fascinación con la muerte y Gertrudis retiró la mano de la pistola, tomó la pluma y escribió:
Señor Editor de El Lucero:
Suplico a V. quiera dar un lugar en sus apreciables columnas a los siguientes renglones de la Viuda del desgraciado comandante de Malvinas...
--¡Ma Cherie! ¿Dónde estás?
Gertrudis, al oír la voz de su marido, dejó las labores y corrió en su busca. Lo encontró en la sala, parado, sirviendo licor en dos pequeñas copas transparentes. Lo miró con adoración, vestía su uniforme de Sargento Mayor y tenía la mirada encendida. Lo vio más atractivo que nunca. Lo había esperado con ansiedad desde su partida por la mañana para entrevistarse con el Gobernador Rosas.
--Cherie, estás delante del nuevo Comandante Político y Militar de Malvinas --dijo con orgullo y le alcanzó una copa. --Festejaremos nuestro segundo año de casados en Puerto Luis. ¡Pour nous! --Y bebió de un solo trago el contenido de su copa.
Gertrudis bebió un pequeño sorbo y se abrazó a su marido. Escondió la cara y los sentimientos que esa noticia le provocaba sobre el pecho fuerte de Esteban José. El nuevo destino era importante para su marido, pero ella no pensaba lo mismo.
Esteban José Francisco Mestivier, por su condición de militar francés, se había esforzado para ocupar un lugar dentro del ejército argentino. Por años había revistado con grado menor al de capitán que le hubiera correspondido en su país de origen. Al fin había conseguido la equiparación por su actuación en el Séptimo de Caballería en la campaña de Bahía Blanca con el apoyo de Ramón Estomba. Recién ascendido a Sargento Mayor, Mestivier se había atrevido a pedir la mano de Gertrudis. Un año después, el 15 de octubre de 1830, se casaron.
El papel todavía en blanco se confundió con el velo de novia que la cubría mientras caminaba hacia el altar mayor de la Iglesia del Pilar. Podía ver a Esteban José vestido con su uniforme de gala, confiado y feliz. "Tiempo en que Malvinas nada significaba para nosotros ni para nadie", pensó con rabia y reapareció la hoja en blanco.
Escribió el nombre de un General:Señor Don Nicolás de Vedia. El responsable --a su juicio-- de que el Capitán Gomila, principal culpable del asesinato de su marido, hubiera quedado libre. "¡Sólo un año de exilio en la provincia de Buenos Aires, en un lugar de su elección, y media paga de sueldo!"
Recién he sabido lo que usted dijo ante el Consejo de Generales en favor del ayudante Gomila, y me es imposible manifestarle la sorpresa que me ha causado su sistema de defensa. Para salvar la vida de su cliente usted no trepida en mancillar el honor de una mujer cuyos infortunios debían merecerle alguna consideración.
En el último año Gertrudis había oído hablar mucho de Malvinas. Unas islas pequeñas que quedaban en el extremo sur, único lugar poblado por blancos en aquellas latitudes. Buenos Aires --al igual que ella--las había descubierto cuando llegó la noticia de que un buque de guerra norteamericano había asaltado la colonia que allí había organizado Luis Vernet.
Desde que esas islas fueron abandonadas por los españoles --después de la Revolución de 1810--, poco se habían ocupado de ellas los distintos gobiernos. Vernet, un comerciante nacido en Alemania, se había encontrado --por casualidad-- con la posibilidad de hacer negocio en las islas, pobladas sólo con ganado alzado que había quedado de la época de los españoles. No se trataba de un hombre común: además de hábil negociante Vernet era audaz y sabía conducir. En pocos años había comenzado a operar comercialmente en Malvinas y en la Isla de los Estados, en Malvinas, además, había organizado una colonia --Puerto Luis-- con más de doscientos pobladores y había sido nombrado Comandante Político y Militar.
Tres años tenía la colonia cuando ocurrieron los hechos por los cuales Gertrudis y los porteños conocieron la existencia de Malvinas. Malvinas era la parada obligada --para abastecerse-- de todo tipo de barcos que andaban por el sur, que no eran pocos. Los que llegaban a Puerto Luis se encontraban con una colonia organizada y próspera. Había muchas familias alemanas e inglesas, también negros --que Vernet había comprado en Patagones--, gauchos y algunos indios para trabajar con el ganado. Vernet se había instalado con su mujer e hijos con todas las comodidades posibles: una biblioteca, un piano y una corte de esclavos para el servicio.
Hasta la llegada de Vernet los barcos iban a las islas y se abastecían libremente del ganado alzado existente. Eran en su mayoría barcos loberos. Como Comandante, empezó a hacer cumplir ciertas normas respecto de la explotación de la pesca y de anfibios, pero los loberos encontraban la manera de eludirlo. Vernet, cansado del constante atropello, decidió apresar a los infractores. Atrapó tres barcos norteamericanos y decidió llevar uno con su Comandante a Buenos Aires para que fuera juzgado. Eso serviría de escarmiento. Y es así como se embarcó para Buenos Aires con su familia, en uno de los barcos apresados. Llevaba como prisionero a Davison, el comandante de la nave infractora.
Para las Malvinas empezaba el primer acto de una tragedia: al llegar Vernet a Buenos Aires, un oscuro funcionario de un país poderoso --como ya era Norteamérica-- acusó a Vernet de piratería, convirtiéndolo de acusador en acusado. Mientras el alemán peregrinaba en pos de funcionarios e influyentes para esclarecer su situación, llegó al puerto de Buenos Aires, desde Río de Janeiro, un barco de guerra norteamericano, el Lexington. Al mando estaba el comandante Duncan, un hombre que decidió --según su decir--, tomar represalias personales contra quien había osado prohibir algo a un norteamericano. Duncan, en Buenos Aires, subió a su barco al comandante Davison --que circulaba libre por la ciudad--, y ambos partieron para Malvinas. Al llegar cañonearon y asaltaron a la población indefensa de Puerto Luis, tomaron prisioneros a los responsables que había dejado Vernet y convencieron a muchos pobladores de abandonar el lugar. Cumplido el objetivo volvieron a Río de Janeiro.
Casi a un año del ataque de la Lexington, Buenos Aires había olvidado el incidente, no así Vernet que no había logrado resolver su situación, ni Gertrudis.
--Dime, Esteban, ¿por qué Don Rosas no hizo nada frente a tal atropello? --preguntó Gertrudis durante la cena.
--El General es sumamente cuidadoso con las relaciones diplomáticas --contestó Esteban mientras saboreaba la carbonada. --En Puerto Luis te voy a hacer probar el asado con cuero --siguió Esteban, al que no le gustaba hablar de aquellos temas con su mujer.
--La señora de González Almeida dice que detrás de lo que ocurrió con los norteamerianos estaba el cónsul británico, su país no quiere a nuestra gente en las islas --siguió terca Gertrudis, contra su costumbre. --Dice también que a nadie en este gobierno le interesan esas islas.
--¡Qué saben las mujeres de política!
Gertrudis iba a replicar cuando la negra entró para anunciar una visita.
--LLeválo a la sala --dijo Esteban José con autoridad.
El matrimonio se presentó en la sala donde aguardaba la inesperada visita.
--Señor Vernet, le presento a Madame Mestivier --dijo Esteban sin disimular su orgullo. Vernet con gesto galante le tomó la mano rozándola apenas con los labios. No parecía el hombre rudo que ella había imaginado al escuchar tantas historias. Vestía impecable, a la moda, era más bien bajo y de modales finos. Había en ese hombre una fuerza que no le permitía estarse quieto por más esfuerzos que hiciera. Cuando al fin lo lograba, lo delataban los dedos que no paraba de mover y la expresión inquieta de los ojos.
--¿Desea algo de beber? --preguntó Gertrudis.
--No, señora mía. Gracias. Quiero pedirle disculpas por la hora y mi falta de cortesía al no haber anunciado con anticipación mi visita.
--Siéntase cómodo, no hay necesidad de disculpas
--dijo Gertrudis y se retiró para dejar a los hombres a solas. Hubiera dado cualquier cosa por quedarse. Estaba segura de que lo que allí se hablaría tenía relación con el futuro de su familia. Pero no hubiera sido educado permanecer.
Gertrudis era una mujer fuerte y valiente, siempre lo había sido, lo había aprendido de su madre y de su abuela. Sus temores respecto a su vida en las islas no eran consecuencia de su debilidad de mujer como pensaba Esteban José que, obnubilado por la disciplina militar, no veía que la situación política de las islas no era nada clara.
Cuando Mestivier entró en el dormitorio, Gertrudis cepillaba su largo cabello castaño. Hacía rato que lo hacía, pero por más que cepillaba y cepillaba no lograba disipar los oscuros pensamientos que rondaban por su cabeza. Esteban la besó en la frente y se sentó sobre la cama para quitarse las botas.
--¿Era algo importante? --preguntó buscando no mostrar su ansiedad.
--Me pidió que me hiciera cargo de sus intereses en las islas.
--¿Dijo algo más?
--¿No te interesa saber cuál fue mi respuesta? -- preguntó él al tiempo que la levantaba en brazos para llevarla a la cama. Esteban José Mestivier evitó decir que Vernet pensaba que existía la posibilidad de que los ingleses se presentaran para tomar las islas. Recordó las instrucciones que había recibido por escrito: "En caso inesperado de ser atacado hará la resistencia que se espera de su honra y conocimientos...". Mestivier estaba dispuesto a presentar batalla si los ingleses llegaban a presentarse.
En poco tiempo más partirían en el Sarandí con el Coronel Juan José Pinedo. Planear la vida con un niño pequeño, en una isla lejana, era difícil para Gertrudis. Pero ocuparse de ello la ayudó a alejar los primeros temores, aunque nacieron otros, como el relacionado con la falta de atención médica. Los consejos de la señora Vernet le fueron muy útiles. Al visitarla, le había presentado a la pequeña Matilde, nacida en la isla y que llamaban Malvina.
--Al principio las islas le van a parecer desoladoras --dijo María Vernet--, pero no luche contra ellas, sólo abra su corazón y deje que se adueñen de usted. Yo fui feliz allí y las extraño.
Gertrudis no pudo evitar un estremecimiento al recordar el día del embarco. Fue cuando había conocido al capitán Gomila, el ayudante de su marido. No le gustó: Gomila tenía la mirada torva de un traidor. El odio hacia el general Vedia --su defensor en el juicio-- no le cabía en el cuerpo.
Siento tener que declarar calumniosos sus asertos, e impertinentes sus conjeturas; y si me viese en la precisión de desmentirle de un modo más formal, no me faltarían testigos que me ayudarían a probar mi inocencia.
Lo que he declarado contra el ayudante Gomila está conforme con la verdad de los hechos que he presenciado; y más bien debo reprocharme de haber dicho menos que más.
El viaje en la Sarandí había sido tortuoso, pero el arribo había sido peor: una tormenta feroz de viento y nieve no les permitió desembarcar hasta la mañana siguiente. Esa noche, para distraerla, Esteban José le había contado historias de un marino francés al que él admiraba: Luis de Boungainville. Este había creado la primera colonia en Malvinas en el siglo XVII. Era un gran marino y un caballero. El mismo fue quien en nombre de Luis XV volvió a las islas para hacer entrega personalmente de las mismas a España que las había reclamado ante Francia como propias.
--¿Sabes? en esa oportunidad, Boungainville se aprestaba a hacer un viaje de circunnavegación, era el primer francés que lo intentaba. Sin saberlo llevaba a bordo a una mujer disfrazada de hombre. Se cuenta que fueron los indios de Tahiti los que se dieron cuenta.
--Y, ¿qué pasó?
--Siguió viaje con ellos. Dicen que fue la primera mujer que dio la vuelta al mundo.
Al día siguiente, en tierra, la colonia mostraba un aspecto aterrador. Las casas y las huertas destruidas, las veredas de piedras que había ordenado Vernet no existían. Los norteamericanos no habían dejado nada en pie, apenas un puñado de pobladores desanimados. Durante la ceremonia de toma de mando, Gertrudis no escuchó otra cosa que quejas de las otras mujeres que habían venido en la Sarandí acompañando a los soldados. Se emocionó cuando izaron la bandera y se escucharon la descarga de fusilería y la salva de veintiún cañonazos que hizo la Sarandí.
El capataz de Vernet, la única autoridad que no se habían llevado los norteamericanos, los acomodó en la casa principal. Ya no era la confortable casa de la que le había hablado tanto la señora de Vernet, a pesar de los esfuerzos que había hecho el capataz Simón para acondicionarla. Simón era francés como su marido y enseguida se entendieron: era un hombre leal y valiente.
La mayoría de los hombres que había en la isla no le gustaron a Gertrudis: muchos eran presos que se habían llevado para trabajar en el "agarre" del ganado. La guardia que acompañaba a su marido no parecía ser mejor. Aunque Esteban José estaba seguro de que podía controlar a esa gente y volver a hacer de ese lugar una colonia organizada.
A la semana de llegar festejaron su segundo año de casados. Nevaba suavemente y todo parecía estar bien. Sin embargo, cuando Gertrudis a través de la ventana de su habitación vio partir la Sarandí a cumplir su misión de reconocimiento de las costas del estrecho, sintió una opresión en el pecho.
¿Presentía Gertrudis la tragedia que ocurriría seis días después? Empezó con problemas de salud. Un día se sintió
peor que nunca y permaneció en la cama. Esteban había terminado temprano para acompañarla. El asesinato ocurrió esa noche. Estaban en el dormitorio cuando cuatro hombres entraron abruptamente: llegaron armados y ebrios, tenían los uniformes abiertos a pesar del frío. Esteban trató de calmarlos con razones y sacarlos afuera a pesar de tener armas a la mano. Gertrudis supo que lo hacía por ella y por el bebé, para que no fueran a herirlos. Enseguida escuchó los disparos y después tuvo a esos hombres con sus alientos a alcohol sobre ella. Pero el horror no terminó ahí.
Gertrudis sintió náuseas, caminó unos pasos y respiró hondo para reponerse. Con el rostro descompuesto siguió escribiendo: Considero al ayudante Gomila como el principal autor de la muerte de mi finado esposo; el ha instigado a los que lo ejecutaron, y es tan evidente ese cargo, que no es extraño si usted ha tenido que atentar a mi honor para atenuarlo. Usted, que invoca la compasión de los jueces en favor de un culpable, tiene la inhumanidad de desgarrar el corazón de una inocente!...
Al regresar a Buenos Aires Gertrudis se había encerrado en casa de sus parientes. Su único consuelo era que se hiciera justicia. Esa mañana, un amigo de su marido le había llevado la noticia de la sentencia dictada por el Consejo de Generales: siete amotinados serían fusilados y luego ahorcados, al negro Sáenz Valiente también se le cortaría una mano. Gomila, no sólo no sería ahorcado sino que sería puesto en libertad. Se aducía en su descargo, que su juventud y su falta de carácter no le habían permitido controlar a la gente. Gertrudis sintió que la sangre se le envenenaba de impotencia. Pero faltaba más. Ese mismo día en el Diario de la Tarde el General de Vedia hizo pública la defensa de Gomila. Fue entonces cuando Gertrudis quiso morir, un recurso que por su hijo no podía permitirse.
Una lágrima, sin pretenderlo, cayó sobre el papel.
Lamenta la muerte de un "desgraciado joven", que ha sufrido el "ignominioso peso de una barra de grillos", y no vacila en atropellar a la pobre viuda, para quitarle lo único que le queda, y que no está en poder de nadie arrebatarle -¡su honor!
Después de esto ¿qué hay de extraño si usted procura justificar los insultos de Gomila, atribuyéndolos a su edad, a su genio y a su cordura? y ¿Usted es padre de familia y anciano? No quiero, Señor Vedia, insistir más en este examen; y hubiera deseado para usted y para mí no hallarme en la precisión de emprenderlo.
Gertrudis Sánchez, viuda Mestivier.
Firmó la carta sin convencimiento, pero no había otra cosa que pudiera hacer. La sentencia estaba dictada y se cumpliría al día siguiente en Retiro. No se haría presente. Sintió vergüenza, pero no la que todos podían sospechar. La vergüenza era por vivir en un país sin justicia. ¡Cómo esos generales iban a tomar en cuenta el honor de una mujer si no les había ocupado el honor de la patria!
En la plaza de Marte, el día 8 de febrero se cumplió la sentencia. Balcarce, a cargo del Gobierno de Buenos Aires, dispuso que estuvieran presentes todos los militares que habían estado en Malvinas. A las diez de la mañana, el sargento segundo José María Díaz, el cabo primero Francisco Ramírez y los soldados Bernardino Cáceres, Juan Antonio Díaz, José María Suárez, Juan Moncada y Manuel Sáenz Valiente, fueron pasados por las armas y colgados durante cuatro horas en la horca. A Manuel Sáenz Valiente que había sido el autor material del asesinato se le cortó la mano derecha antes de colgarlo. Esto con arreglo a los Artículos diez y seis, y veinte y seis del Tratado ocho, título diez de la Ordenanza. Tres carros de madera se llevaron los cadáveres. Los soldados Mariano Gadea y Manuel Delgado que habían profanado el cadáver de Mestivier recibieron doscientos y cien palos dentro del cuartel. Gomila, mientras tanto, elegía el lugar para su exilio.
El diario El Lucero lamentó que esos hombres no hubieran muerto en batalla. Si así hubiera ocurrido todavía flamearía la bandera argentina en Malvinas en lugar de la inglesa.
Al regresar la Sarandí al mes a Puerto Luis después de su viaje por el estrecho, el Comandante Pinedo se encontró con la noticia del asesinato de Mestivier. Gomila salió a recibirlo en un bote y le contó su versión de los hechos. Pero, al bajar a tierra, Pinedo se enteró de que Gomila había sido el instigador del asesinato. Supo que el cadáver de Mestivier había sido dejado por varíos días en la calle sin sepultura y que, además, le habían profanado, que Gomila se había instalado en la misma habitación que la viuda, que la insultaba y festejaba frente a ella el asesinato y que Gomila había quemado papeles del Comandante. Supo también que no había tomado ninguna medida contra los amotinados. A los asesinos los había capturado y encerrado el capataz Simón, varios días después del asesinato, con la ayuda de voluntarios de un barco francés que había llegado a abastecerse a Puerto Luis. Pinedo mandó preso al Capitán Gomila y lo obligó a devolver a la viuda el reloj de Mestivier que había robado del cadaver. Al día siguiente, Pinedo seguía tratando de ordenar el caos que había en la isla, cuando arribó la nave inglesa Clío con la misión de tomar posesión de las Malvinas.
Pinedo abandonó la isla sin pelear, por razones que todavía son oscuras. Desde la Sarandí vio cómo un soldado inglés arriaba la bandera argentina, el mismo que después la llevó hasta la Sarandí y dijo: --Vengo a devolver esta bandera que ha sido encontrada en tierras de Su Majestad Británica.
La Sarandí partió hacia Buenos Aires, iban a bordo colonos, militares, amotinados y la viuda de Mestivier. Dos o tres días después también partió la Clío, dejando en custodia de la bandera inglesa a un colono irlandés que trabajaba en la isla como despensero. Quedaban en Puerto Luis menos de treinta colonos que no habían querido abandonar las islas. Entre ellos tres eran mujeres. Poco después estalló otro motín por el cual asesinaron a más colonos y a todos los hombres fieles a Vernet. Este hecho terminó por espantar a los últimos habitantes, que huyeron al interior de las islas para salvarse de los asesinos. Gran parte de esos asesinos fueron posteriormente apresados por los ingleses y más tarde dejados en libertad. El propósito de despoblar Puerto Luis que se había iniciado con el ataque del barco norteamericano, se había logrado. Varios meses tardó en llegar el delegado de la corona británica. La colonia inglesa se levantó lejos de las ruinas de Puerto Luis. En Buenos Aires no se realizó ninguna acción determinante para recuperar las Malvinas.
El 11 de febrero de 1833, el General Vedia contestó la carta de la viuda de Mestivier a través del mismo diario, El Lucero. Un importante historiador de nuestro siglo dijo en un libro acerca de esa respuesta: "El general contestó con una carta hermosa, escrita con mucha altura y no poca ironía". Haber fundamentado parte de la defensa en insinuciones que pusieran en duda la moral de una mujer que había vivido con un bebé casi un mes a merced de asesinos no parece el recurso de alguien con altura. Una persona honorable tampoco hubiera recurrido a la ironía que en definitiva no es otra cosa que burla.
Fuente: Pioneras de la Patagonia
http://www.pioneras.8m.com/






El
episodio más dramático de la vida Gertrudis ocurre en las Islas Malvinas,
pocos días antes que los ingleses tomaran posesión de las islas.


